Revueltas de 1857

Con el comienzo del siglo XIX se inicia en nuestra localidad un trágico período en la vida local que sólo se puede estudiar desde la imparcialidad. No es un secreto la situación social que se vivía por esa época en España con revueltas y motines populares, siguiendo orientaciones político-sociales de los demás pueblos del Reino contagiándose del morbo anárquico del siglo, cambiando su habitual faz de quietud y orden, por otra de vanas quimeras que le hacen concebir utópicas esperanzas nacidas de absurdas e inaceptables teorías.

Arahal comienza a respirar violencia, desorden y desconfianza donde los propios grupos partidistas se encuentran mutuamente divididos surgiendo discordias entre los vecinos tras la situación ruinosa que bochornosamente estaba sufriendo la población. Debido al sombrío panorama que se vivía, el 30 de Junio de 1857, se produjeron unos hechos que tuvieron como consecuencia el saqueo e incendio de todos los archivos públicos, los responsables fueron diecisiete ilusos que fueron instrumentos de unos hechos, cuyo origen yace todavía en el más impenetrable misterio dejando huérfana a nuestra localidad de pruebas documentales.

Las dudosas noticias de la época no aclaraban nada. No hubo investigación judicial, sólo ajusticiamientos militares. Pasado el tiempo, los hechos siguieron en la misma oscuridad que los dejó Guichot en 1870. Y Bernaldo de Quirós se limitó a considerar culpable al lugar donde se había producido el motín, sin aportar ninguna investigación.

Está claro que la mala fama de Arahal empieza en 1857, época de inestabilidad política y rebeliones del ejército. La repercusión que tuvo este motín fue tremenda, primero pensando el gobierno que Sevilla se levantaba, a lo que siguió una represión durísima, siendo aplicada con ley militar. Algo parecido a lo que ocurriría luego en la guerra civil. Para justificar los ajusticiamientos de los rebeldes había que insistir en los desmanes de los amotinados. Hubo condenas conservadoras que pedían una “desaparición” de Arahal del mapa (lo que demuestra cómo se estableció la “culpabilidad” del pueblo desde el primer momento). Y hubo defensas republicanas por el exceso con los amotinados.

También Arahal pasó a la literatura, a través de escritores como Pérez Galdós y otros hoy olvidados, como Francisco Macarro (“Los mártires de Arahal, drama histórico en un acto y en verso”, 1870). Sin olvidar los numerosos artículos de prensa y la cita constante de Arahal en discursos políticos y arengas parlamentarias. Los sucesos revolucionarios tomaron desde el principio el nombre de Arahal, no el de Utrera o el de Benaoján, donde también hubo fusilamientos o matanzas. A partir de entonces, Arahal era identificada como lugar revolucionario, al mismo tiempo que se creaba una especie de leyenda negra durante el siglo XIX. Ya casi olvidada en el XX, la fijaría Bernaldo de Quirós en estudios sociológicos sobre la criminalidad campesina.

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